jueves, 25 de noviembre de 2010

Bebída / Leche con chocolate

Leche con chocolate
   Epaltza era un músico que miraba. Él era quien conocía el agua pero no el bosque. Su mundo era el mar, el sol, las olas y los puertos, pero que ignoraba la fuerza de la tormenta. La última vez que estuvo en una de ellas termino en una isla en la que se encuentra el bosque en el que él se adentro. Los médicos dicen que el agua de mar le causo alucinaciones, aunque ningún científico haya querido comprobarlo yendo a la isla para ver las fantásticas creaturas que Epaltza describía, monstruos sin ojos, con  dos cabezas, un único pie y con el hocico en uno de los dedos.  Algunas de estas fantasías volaban, otras solo podían oler. Sus cuerpos le producían horror, asco, y en algunos casos excitación.  Para sobrevivir comía el excremento de un perro de doce pies, ya que tenía un sabor dulce pero que le proporcionaba la sensación de estar comiendo carne.
Todo el tiempo trataba de resolver el problema de huir de aquella isla; pensó en construir un bote y remar a su país de origen, pero trabajar en su bote ocasionaría mucho ruido, y llamaría la atención de todos los seres de la isla.
Un año pasó y enloqueció, empezó la construcción de su bote y llamó la atención de las creaturas de la isla, se acercaron a él e intentaron devorarlo, pero escapó y termino perdido en medio de un desierto. Caminó tres días y al cuarto encontró a una mujer que tenía un niño en la espalda, se sintió feliz viendo otro ser humano, pero la mujer no hablaba y su rostro y el del niño estaban tapados. Los intento destapar, tirar y detener pero era imposible ellos seguían caminando. Decidió morir en el desierto, pero oyó una locomotora y sus esperanzas volvieron, alcanzó al monstro de metal con ruedas y se trepó a él.
Epaltza halló agua cerca de una de las puertas de los vagones y tomo toda la que pudo. El tren era un hermoso lugar con adornos relacionados a la navidad; los colores dorado, rojo y blanco eran los más fáciles de identificar. Se sintió seguro y se acomodo en uno de los asientos, cerró los ojos y se durmió, cuando despertó el lugar estaba lleno y la gente que ahí se encontraba hablaba y reía mucho, todos tenía sombreros y se comportaban como si Epaltza  no existiera.
Todo quedo callado y la gente lo miró, los rostros les cambiaron y se convirtieron en los monstros que había visto, no tenía escapatoria y con sus hocicos fueron mutilándolo dejando una cabeza sin cuerpo en medio del mar.

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